Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario, Año B
“Escuchen y No Se Rebelen”
by Padre William Holtzinger
July 8/9, 2006

 
La semana pasada hablé sobre la necesidad que tenemos de pedir por la fe, y luego crear un área fértil en nuestro corazón para recibir ese regalo.  En las Escrituras de hoy escuchamos varios ejemplos de cosas que también son obstáculos para la fe.  Escuchamos sobre la rebelión de las personas que escuchaban las predicas de Ezequiel.  Hasta escuchamos que San Pablo tenía una espina en la carne que lo hacia forcejear en su vida espiritual.  Finalmente, escuchamos como las personas que conocían a Jesús lo despreciaban.  

 
En Wikipedia, la pagina gratis de enciclopedia, rebelión significa, en el sentido más común: rehusarse a aceptar autoridad.  Claro que también hay rebeliones que moralmente son necesarias.  Comoquiera, estoy hablando sobre la rebelión del corazón contra el Espíritu de Dios.  

 
Nosotros aquí en el Norte Oeste del Pacifico, nuestra preferencia es la independencia, y preferimos no permitir que otros nos ayuden.  Esto puede que este bien en un sentido.  Pero, ultimadamente, eso es oponerse al plan de Dios.  El quiere que seamos interdependientes.  El quiere que dependamos los unos de los otros. El quiere que nos ayudemos unos a otros.  

 
Muchas veces los profetas encontraban rebelión entre la gente porque ellos les exigían algo a esa gente.  Este problema no ha cambiado mucho.  He escuchado mas veces de las que yo pueda recordar, “No me gusta la religión organizada”.  ¿Por qué creen ustedes que la gente piensa de esa manera?  La respuesta es muy simple.  Ellos son rebeldes.  La religión organizada exige algo de nosotros.  Pero, nosotros preferimos nuestra independencia.  Y, por nuestro propio orgullo, nosotros mismos nos alejamos de Dios. 

 
La mejor forma de desaparecer la rebelión es ser obedientes…obedientes a Dios.  Y, cuando somos obedientes a Dios, seremos más poderosos y libres.  Recuerden que la Santa Escritura de hoy nos dice: “La fuerza se realiza en la debilidad”.   Así que, pónganse ustedes ante la autoridad de Dios.  Sométanse a la autoridad de Dios.  Permitan que Dios mande en sus vidas.  Entonces la fe tendrá un área fértil para quedarse en su corazón.