HOMILIA PARA EL DOMINGO 20 DE FEBRERO DEL 2005
de Padre William Holtzinger
Feb. 20, 2005



Las Escrituras de hoy dirigen nuestros corazones y a nuestras mentes a la lucha y Gloria del cambio. Hay un dicho que dice: “Sólo una cosa hay constante en la vida: el cambio”. Esto fue cierto para Abram y Saraí, para Pedro y Timoteo, fue cierto para Jesús, Pedro, Santiago y Juan.

Dios le dijo a Abram que de él emanarían cosas grandes, en particular, una gran nación nacería de él. Esta pequeña lectura parece estar llena de esperanza. Aún así, si continuamos leyendo, más adelante veremos que Abram y su esposa no tendrían hijos sino hasta la vejez. Con tal promesa frente a la aparentemente era imposible, muchos de nosotros dejaríamos de creerle a Dios. Pero Abram confió. Con el tiempo, el cual fue una espera bastante larga, la promesa de Dios se cumplió. Sólo que necesitó de grandes cambios: un cambio, tanto de domicilio, como de corazón. Nosotros sabemos que cualquiera de estos dos cambios causa mucha tensión.

En el Evangelio, los Apóstoles suben a la cumbre de una montaña y ven a Jesús transformarse ante sus ojos. Fue una experiencia que recordarían durante el resto de sus vidas. Recuerden que cuando ellos vieron lo que estaba pasando con Jesús sintieron mucho miedo.

La Cuaresma es una llamada al cambio. Estamos siendo retados a examinar nuestras vidas y cooperar con la gracia de Dios para así poder cambiar las cosas, los comportamientos, y las actitudes que nos previenen de llegar a ser las personas que Dios quiere que seamos. Es natural tenerle miedo al cambio. Pero sin él, seguiremos pecando y nunca aprenderemos a amar. La clave para el cambio es la confianza. Debemos de confiar en que Dios nos cuidará a pesar de todo lo que nos parezca imposible o impensable.

La semana pasada durante nuestra Misa juvenil, le pedí a la congregación que confiara en mí, mientras que yo le pedía un billete de un dólar a uno de los jóvenes. Fueron muchos los que lo ofrecieron. Entonces, después de inspeccionar el billete, ¡lo rompí! ¡Hubo muchas expresiones de asombro! Les pedí nuevamente que confiaran en mí. Pedí entonces un billete de cinco dólares. Nuevamente lo inspeccioné, pero luego me lo eché a la bolsa y le di las gracias al donador. “Confíen en mí”, les pedí nuevamente. Entonces pedí un billete de veinte dólares. Lo inspeccioné y luego se lo di a la persona que inicialmente me había dado el billete de a cinco. Los cinco, se los di al que inicialmente me había dado el billete de a uno. Luego saqué de mi propia cartera un billete de a veinte y se lo di a la persona que me había dado veinte. ¿El mensaje? Debemos de confiar en que Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Aún cuando las cosas parezcan irracionales o destructivas. Debemos de recordar que Dios tiene un plan y que siempre nos cuidará. Cuando nuestras vidas lleguen a su fin, Dios seguirá cuidando de nosotros. Sin confianza, no hay cambio. Sin cambio, la voluntad de Dios no tendrá ninguna oportunidad en nuestras vidas. Sin Dios en nuestras vidas, no hay esperanza. Así que, esta cuaresma, ¡suelta tu miedo y confía!