Homilía del Domingo 30 del Tiempo Ordinario
“Comparando-Justificando, un mal camino para tomar”
de Padre William Holtzinger
Octubre 24, 2004



La parábola de hoy nos recuerda de la disposición que todos cargamos en nosotros mismos. Algunas veces parece que todo alrededor de nosotros es perfecto, y otras veces parece que todo esta mal y que nuestras vidas son un desastre. Jesús habla fuerte del cobrador de impuestos, pero no habla de el porque cobra los impuestos, sino porque el cobrador de impuestos empieza a buscar a Dios. Hubiera parecido que el Fariseo hizo todo correctamente, pero como ven el cometió un error fatal: el mismo se comparó con el cobrador de impuestos. Al hacerlo, el revela su gran debilidad, la falta de deseo y la gran necesidad que el tenía por Dios. El piensa que todo esta muy bien. Fue la ceguera a su más grande necesidad que se convirtió en un impedimento por su justificación.

En la carta de Pablo y en la lectura del libro del Sirácide nos aclaran el como Dios responde a nuestras oraciones. El libro del Sirácide nos recuerda que no es que Dios escuche más a los débiles, sino que los débiles tienen más necesidad de Dios, y ellos piden mas por esa necesidad, así que Dios los escucha. Pablo sabe en su corazón que Dios lo recatara y lo llevará a su reino. Esto no es arrogancia porque Pablo habla del poder de Dios y no de Pablo mismo. Es ahí donde el Fariseo cometió el error.

Pero, permítanme ilustrarles este punto de una manera mas clara. El fariseo estaba muy contento por su piedad. Claro que si, escuchamos que el ayunaba dos veces por semana y pagaba al templo el porcentaje de todo lo que el ganaba. Pero estos detalles lo hicieron que no viera sus otras debilidades. De hecho, su oración casi no era oración. Recuerden que el hizo la oración hablándose a si mismo. En su oración le faltó la parte que es vital en toda oración: Dios.

El hubiera podido decir, “Oh Señor, estoy muy contento de que no tengo que ponerme ese horrible sombrero que tiene el cobrador de impuestos. (put on an even uglier hat)

El hubiera podido decir, Oh Señor, te doy gracias porque yo conozco mis propias imperfecciones”. Sin notar los detalles sobresalientes de su vida. (put on rubber nose)

El hubiera podido decir, “Oh Dios, te doy gracias porque yo puedo ver las cosas muy claramente, especialmente que todo es mas fácil para mi que para ese miserable cobrador de impuestos. (put on rose colored glasses)

(Invite some children in the congregation to comment about what I am wearing.
(teke off all the costume ítems)

Mientras que el cobrador de impuestos esta conciente de sus fracasos, no hizo nada para justificarse el mismo, pero lo que hizo fue hablar directamente con Dios.

¿No creen que sería muy bonito si nunca actuáramos como el fariseo? Pero antes de que ustedes se comparen con cualquiera de estos dos personajes, o antes de que se justifiquen, me gustaría aclararles que somos igualitos a estas dos personas.

Algunas veces estamos todos confundidos y en una gran necesidad de la ayuda de Dios. Otras veces, en realidad no necesitamos a Dios, o al menos eso es lo que pensamos porque creemos que estamos haciendo todas las cosas muy bien.

A lo mejor nos parecemos más al Fariseo, y nos parecemos más de lo que pensamos. En muchas ocasiones pensamos de la misma manera que el Fariseo habló. ¡Imagínense si habláramos todo lo que pensamos! Nos podríamos escuchar a nosotros mismos diciendo:

“Gracias a Dios que no soy como ese libertino que esta destruyendo la fundación de la Iglesia; o podríamos decir, “Gracias a Dios porque yo no soy como los rezan el rosario todos los días y como quiera se portan mal”. ¿O que les parece esta? Esta es una que usamos muchas veces, y muy seguido: “Pues, si no voy a misa, al menos no me porto como esos hipócritas que van a misa todos los Domingos y como quiera hacen las mismas cosas que yo hago”. O aquí esta otra: “Al menos yo voy a misa todos los domingos, no como otros que ni siquiera se paran en la Iglesia para nada”.
Y, si le seguimos encontramos mucho, pero mucho más.

La actitud del Fariseo es muy común en estos tiempos. Todos hemos escuchado a otras personas llamándonos hipócritas. Se nos ha acusado de ser mentirosos, y deshonestos y hasta de que somos personas de dos caras. Muchos nos acusan de ser como el Fariseo. Pero, no nos ofendamos porque eso es verdad. En nuestras vidas todo el tiempo somos hipócritas. Pecamos a cada rato. Somos pecadores. Pero, la gente que nos llama hipócritas piensa que solamente la gente santa va a la Iglesia. Lo que ellos están haciendo es justificarse ellos mismos. Siempre están quejándose y usan todas esas excusar para escaparse de hacer sus responsabilidades. Aquellos que son completamente perfectos no necesitan de la Iglesia o de Dios. Pero, como ustedes ven, todos sabemos que cada uno de nosotros es pecador. Y, por eso mismo es que tenemos que ir a la iglesia, y eso lo hacemos porque tenemos una gran necesidad de la misericordia de Dios.

Como ustedes pueden ver la vida del Fariseo era una vida llena de problemas. Mientras que hacia todas las cosas exteriores que haría una persona santa, el no pudo humillarse ante Dios y reconocer sus faltas. El pretendía ser una persona recta y avergonzaba a cualquier otra persona que no hiciera las cosas bien.

¿No creen que es maravilloso que ninguno de nosotros es como el Fariseo?