22 Domingo en
Tiempo Ordinario
“Humildad Verdadera”
Por el Padre William Holtzinger
Agosto 29, 2004
Cuando yo era un joven, me
encantaba esquiar en agua. Nuestro vecino tenía un buque y cada en cuando me
invitaba ir al río con su familia. Un día, vi unas chicas y yo las quise
impresionar. Empecé a esquiar directamente del borde del río. Yo me paraba en
tres pulgadas de agua, le gritaba al del barco y… ¡adelante! Bueno, esa era la
idea. Pero en vez de eso, mis pies se salían fuera de los esquís y me caía boca
abajo en el agua. Hacia un chapaleo tremendo y las chicas se reían de mí, como
ya se lo imaginan. Yo quedaba humillado. Mi egoísmo quedaba muy lastimado y me
sentía muy pequeño. Me quería desaparecer. En vez de eso, me salía del agua, me
regresaba a mi toalla y me dejaba caer bien vencido.
Hoy oímos de la importancia de la humildad. La lectura del libro de Sirácides lo
explica muy claramente: “conduzcan sus negocios con humildad”. Jesús en la
parábola nos dice que no busquemos lugares altos, posiciones de honor para que
otros sientan nuestra presencia. Más bien, debemos buscar los lugares más bajos.
Y nos dice que si hacemos esto, el jefe de la casa nos invitará a que pasemos a
un lugar más alto. Pero este consejo nos hace pesar que es bueno trabajar para
nuestra aventaja y eso nos hace preguntar cuál es la diferencia entre humildad y
hipocresía.
Para nosotros la humildad es la clave que abre las puertas del cielo. Así que es
esencial que nosotros comprendamos exactamente que es lo que es la humildad.
Humus es la palabra en latín que quiere decir tierra fértil. Entonces, humildad
es una situación de la tierra. La tierra esta siempre allí, la tratamos con
indiferencia, pisada por todos, el lugar donde tiramos todo lo que no
necesitamos. Esta allí, silencia y aceptando todo. La tierra cambia toda la
basura, todo lo que nosotros desechamos y lo hace algo nuevo y rico. La humildad
nos llama a que nosotros tomemos nuestras vidas de pecado y que permitamos que
Dios la transforme de la corrupción de nuestro auto interés al poder de vida
para otros.
La humildad reconoce nuestro propio lugar en el orden de la existencia.
Recuerden que nosotros somos la creación, y Dios es el Creador. Es precisamente
este reverso que hizo que Adán y Eva pecaran y caerán. Deseaban sentarse en un
lugar más alto y se les olvidó la maravillosa situación que se les había dado.
Yo pienso que muchos sufrimos de una falsa humildad. En otras palabras, muchos
de nosotros hemos aprendido un tipo de comportamiento que parece humildad, pero
quizás es una reflexión de bajo auto-estima o un método para calcular cómo subir
más alto.
Cuando alguien nos da un complemento o nos felicita por algo, muchas veces
respondemos con, “Oh, eso es nada.” Podemos hasta responder diciendo, “Yo no
hice nada, solo hice mi deber.” Cuando en realidad, pasamos cientos horas
entrenando para poder tocar un instrumento musical, un deporte, o nuestro
trabajo.
La humildad, entonces, no es un acto, no es una maña. Es la manera de vernos
como de veras somos. Viéndonos como Dios nos ve. Cuando vemos los dones de otros,
no debemos sentir cellos. En vez de esto, debemos dar gracias a Dios. Recuerden
que Jesús tenía todo el poder siendo que era Dios. Y, sin embargo, se humilló y
se hizo hombre para que nosotros pudiéramos ser como El.
Así que les doy un consejo para que lo escriban y lo pongan en un lugar en sus
hogares. Quizás lo puedan poner en el espejo del baño. Léanlo todos los días:
Conocer a Dios nos hacer ser humildes. Conociéndonos a nosotros mismos, nos
mantiene humildes.
Hoy celebramos un bautismo. Con este sacramento, la familia promete humillarse y
enseñarle al niño el valor de una verdadera humildad. Así Dios los alzará a una
posición alta.